Bar París en un barrio al sur

o "A la hora incierta en otoño"

Salir a caminar a la hora incierta, hora en que no se sabe si el sol sale o se pone, se oculta atrás de un árbol o se pierde hasta el día siguiente.
Entrar a un café: cualquiera, nuevo, amigable.
Elegir la única mesa libre que queda junto a la ventana (este lugar parece ser un sitio donde todos se conocen porque me miran de reojo ¿o me habré sentado en la mesa destinada para otro?).
Entrar a un café entonces y escuchar los mismos ruidos que me recuerda que es un lugar parecido a todos: la máquina de café, la televisión encendida, las risas, el murmullo, las cucharitas en las tasas, las sillas de madera contra el piso, la puerta, los pasos, el motor de la heladera.
Sacar un cuaderno de tapas negras de mi bolso. Escribir.
Ver, a través del vidrio pasar líneas de colectivo que nunca he de tomarme (felizmente). Quedarme un rato mirando las ramas de un arbolito apuntalado por recién plantado moverse, doblarse con el viento (¿apuntadalo por joven? ¿será que todos nosotros en la juventud necesitamos de un tutor que nos sostenga?).
Estoy en un bar de una esquina de un barrio que nunca me será propio pero que me retiene, que me abriga unas horas y me impulsa a volver.
Respirar hondo.
Tomar café.

Escribir en este cuaderno (por segunda vez) que quiero hacer mas seguido las cosas que me gustan e intentar esta vez cumplir mi promesa.

Incontable o Cinco minutos


Dos sombras rojizas escondidas en la sombra de una noche joven y amarillenta, abajo de la sombra azul de un árbol, entre las sombras violetas de las hojitas de una enredadera. El tiempo se detuvo ahí. Cinco minutos, dos, diez. Media hora. No importa, era la hora incontable de los besos.
Todo era una boca.
Después, si se puede hablar del después, reanudaron el tiempo, se corporizaron, salieron del escondite despegados, hicieron de cuenta que había sido un sueño.
La memoria contiene olvido siempre.

Las tímidas


Resulta tan inquietante el miedo.
(La arena que se mueve debajo de tus pies cuando el mar se retira)
Sentir miedo.
Por las noches (cerradas) de pueblos pequeños solo cabía el encierro, las niñas a la cama. Soñar, con la sábana hasta la cabeza, que el miedo era de otra. Imaginarme otra. Rezar a un ángel para que vuelva el día (un largo día) en que no le tema más a la noche.
Traspasar el miedo.
Y darme cuenta que la noche es buena como el mar… y las tormentas.
Volver al miedo. Paso tras paso dibujar el perímetro de un círculo y volver al punto miedo.
Cerrar los ojos, dejar de ver borroso, abrirlos y ver difuso otra vez.
El miedo ve bien y es adicto a las tímidas.
Sentir = Miedo.
Las tímidas son víctimas de la velocidad y las alturas, se aferran y se quedan quietitas.
Dije, antes, que el miedo es inquietante.
Las tímidas, algún día o noche, dejaran de serlo.


.

Sucedió mas o menos así


Mientras atravesábamos la Plaza Constitución mi amigo Manuel me contaba sobre los árboles que había. Ese que está allá, el más alto, se llama Agathis Alba y el 10 de noviembre libera su perfume.

-Este es ¿ves? – me dijo contento y señaló con su dedo desde su también altísima altura.

Yo, descubriendo un estado de sorpresa por demás guardado en mí, miré desde el bajísimo punto de observación que me toca y asentí con la cabeza y después desconfié, no del perfume del árbol sino de que Buenos Aires permita que ese perfume se sienta en el aire y le dije con tono de chiste ¡sí, claro!

-         ¡Ah! No me crees. El 10 de noviembre venimos a la Plaza y me decís.

-         El 10 de noviembre a las cuatro de la tarde nos encontramos acá.

Hecho.

(Sucedió más o menos así)

Después, ya en la estación olvidamos los árboles por completo, corrimos un tren al sur y me sentí una jovencita de nuevo.
 
.M.

 

12 estampas



La muestra se puede visitar hasta el 4 de abril, de martes a domingos en el horario de 16 a 20 hs.

Acerca de Los mundos reales




Inspiración: Abelardo Castillo

Los mundos reales (II)



Linografía, plantilla, tinta P/A (2013)

Retiro de otoño (2)


Si es que vas a volver…
 para decir lo mismo
o para no decir nada,
para armar escenarios de gloriosas poesías,
para dar besos y olvidar los pasos,
si vas a volver así y para eso
mejor me retiro yo
a cualquier otoño frío y emparchado.

 No me gusta el verano y su sustancia
de verdores mentirosos
Y verbos azules.
No quiero para mí los veranos que sofocan
con rosados paraísos,
espejismos que se pinchan
como las indecisas y ácidas burbujas.



(.)

Retiro de otoño

Has pasado tus días de calor y fantasmas.
Y yo descansé en la alfombra de tu pasto
para elevarme ahora
sombría y consternada.
 
 
 
 
 
(fragmento con resaltador)
 
 

Para

Para poder escribir leo.

Escribo para poder decir,
para lograr mi voz.

(.)



Luz y sombra...




Subir las escaleras. Permanecer ahí. Sentir con cierta claridad que lo más valiente es ser verdadera.

Realidad sin bordes


Hasta los 13 años ví difuso. Quiero decir concretamente que veía “mal”, tenía ya una miopía avanzada. Una miopía que nació conmigo, por lo tanto, para mí la realidad era así: sin bordes definidos.
Con la corrección oftalmológica gané definición, precisión, brillantez, nitidez y límites.
Me enseñaron, como a tantos, que es mejor ser precisos, hacer foco, distinguir: esto sí, esto no…
Ahora la incertidumbre es cómo será la realidad, si existe una verdad común y general, si es justamente lo que me indica el cristal…
Hoy creo en esa realidad sin bordes o, mejor dicho, quiero creer en la realidad sin límites. Tal vez sea mejor una línea difusa (y propia), ese pasaje abierto entre figura y figura, esa imprecisión de fondo.
Entonces me corrijo y me saco las gafas: Desde que nací, para mí, la realidad no tiene bordes.

Nueva libertad


Tuve un sueño:

Un pajarito hizo nido en una macetita, en ella había un verde cactus.
El pájaro creció hasta que no tuvo más lugar para desarrollarse en la maceta.
Lo vi aprisionado, contenido, limitado. El cactus lo abrazaba.
Traté de salvarlo, para hacerlo tuve que desprender de la piel con plumas suaves una parte del espinoso cactus. El ave salió herida, estaba liberada pero herida, no volaba, no se movía casi, pero parecía aliviada en la novedad de la libertad.
Yo lo acariciaba con ternura, revisaba de paso su salud, su integridad.
Allí estaba como siempre A que se acercó y me hizo compañía.
Desperté inquietada y lloré.

(...)

15 de enero


Adela María

 

Regaba las plantas con tachitos

con agujeritos, (agujeritos que ella misma hacía).

Tendía las sábanas sobre las matas de margaritas dobles.

Lavaba la ropa con extracto de blanco

(que a simple vista se percibía azul).

 

Lavandera, tejedora, cocinera, labradora.

Incansable.

 

Puntual para servir la mesa y dar la comida.

Tenaz con la tierra que cultivaba.

Amorosa con sus nietas y sus tres hijos varones.

 

Olía a albahaca, uvas, harina y caramelos de ananá.

 

Tenía la piel delicada y el carácter fuerte,

un mechón negro sobre la frente en su melena plateada,

los cachetitos redondos color rosa… siempre.

 

Tenía, también, la generosa virtud de armar

los ramos de flores más hermosos,

¡más enormes!.

 

Tenía la capacidad de saber eso,

eso mismo que tanto deseábamos.

Y tenía un gallinero

(sin gallinas por los últimos tiempos)

Para que nosotras transformemos en casitas.

 

 

 

"La nube va..."

Haciendo equilibrio, dándole la cara al viento, hacia adelante... y ¡la nube va!



Dibujo a pluma sobre papel (boceto)